
Hace años ejercí durante una temporada como profesora de lengua materna para niños latinoamericanos en el extranjero y, en una clase me pasó lo siguiente:
Estábamos repasando vocabulario y el tema era nombres y verbos realcionados con las frutas así que la práctica consistía en que un alumno, mediante mímica, tenía que representar una acción y el resto de la clase adivinaba qué era lo que hacía y de qué fruta se trataba. Salió uno de los niños y, con un brazo simuló estar sujetando una cesta mientras alzaba el otro, cogía algo y lo depositaba en ella... no podría decir cuanto tiempo nos tuvo al resto nombrando frutas y no, no era nada de lo que le decíamos por lo que tuvimos que rendirnos mientras que él se sentía orgulloso de saber más que nosotros. ¿Qué era lo que nos trataba de mostrar? sonriente nos lo dijo como si fuese la cosa más natural del mundo -RECOJO ZANAHORIAS!!!- El resto de niños asintió y se oyó algún "claaaro" muy convencido.
Esto, en niños, es algo más o menos comprensible, más en aquellos niños de ciudad que nunca en su vida habían visto cultivar zanahorias. El problema está en nosotros, los adultos que funcionamos de la misma forma a veces y seguimos a quién suena "mejor", sin pararnos a analizar el fundamento de su supuesto conocimiento... ya se sabe que en un país de ciegos, el tuerto es rey. Esto lo llevo experimentando una temporada por estos mundos... pocos hay que reconozcan su ignorancia y montones que, en su poco saber, dan a entender su experiencia ilimitada.
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